Según los infectólogos, no deberías pasar las Fiestas ni reunirte con personas no vacunadas

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“Buenas, familia. Tema, el 24. Lo tiro ahora para evitar conflictos en la mesa de Navidad. Nosotros decidimos no ir porque hay varios de la familia que no se quieren vacunar. ¿Es polémico? Sí, pero como no vamos a exigirle a nadie un PCR ni el certificado y en unos días nos vamos de vacaciones, preferimos movernos por entornos seguros. Sepan disculpar. Mi deseo para 2022 es que estemos todos vacunados y que se termine esta pandemia”. Aunque quería evitarlo, el mensaje que mandó Emilio F. al grupo de sus hermanos abrió la nueva grieta que por estas horas divide a las familias de cara a las próximas Fiestas. A medida que avanzan los días y van aumentando los contagios de Covid-19, y los infectólogos advierten que nos arrimamos a una nueva ola, crece la polémica sobre si hay que hacer valer o no una especie de pase sanitario interno en las reuniones familiares, para dejar de un lado a los vacunados y del otro a los que decidieron no inocularse.

Cuando se les pregunta, los infectólogos son categóricos. “Si no está vacunado, no entra a mi casa”, “Al que no tiene esquema completo no hay que invitarlo”, “No estaría mal pedir un PCR de 72 horas”, fueron algunas de las respuestas de los especialistas consultados por LA NACION. No se trata de una polémica similar a la que se instaló a partir de la decisión de algunos gobiernos locales de exigir un pase sanitario para participar de eventos masivos. Según explican los infectólogos, reunirse en una casa con personas no vacunadas incrementa sensiblemente el riesgo de contagio para todos los invitados, esto incluso si se aplicara el sistema de ventilación cruzada o si todos se dejaran puesto el barbijo.

Al individuo que no tiene ninguna dosis no hay que invitarlo. Puede ser antipático, pero es así. Esto no es una cuestión política ni de derechos o libertades. Desde el punto de vista infectológico, sentarse a la mesa con una persona que no tiene el esquema completo incrementa de forma considerable el riesgo. Si uno decidió vacunarse, porque entiende que es lo que hay que hacer, también tiene derecho a sentarse con otros individuos que hicieron lo mismo”, apunta, categórico, el infectólogo Eduardo López, uno de los expertos que asesora al gobierno nacional.

En este punto coincide con él Adolfo Rubinstein, epidemiólogo y secretario de Salud durante la gestión de Mauricio Macri. “Se está formando en la sociedad la grieta del vacunado versus el no vacunado. Pero sacando del medio la grieta política, haciendo un abordaje desde la epidemiología, tenemos que decir que la presencia de personas sin esquema completo incrementa el riesgo. Estamos empezando un rebrote y la curva se va a empinar de la mano de los no vacunados. Para fin de año, los casos se van a disparar. No creo que como en mayo o junio, pero sí van a aumentar, aunque con menos complicaciones e internaciones. Pensemos que la variante dominante en este momento es la delta, en el 90% de los casos, y en un tiempo vamos a recibir el impacto de ómicron. Estas cepas requieren una mayor cobertura de dosis porque tienen mayor escape inmunológico. Quiere decir que no alcanza con una dosis. Y en este momento, el repunte de la curva se está viendo en población más joven, que no está vacunada o que tiene una sola dosis. Al mismo tiempo, la campaña de vacunación se ha ralentizado y no por falta de dosis, sino porque hay un núcleo duro, renuente, no por ser antivacunas, sino porque tiene una baja percepción del riesgo. Ahí es donde falló la forma de comunicar la importancia de la vacuna como una estrategia colectiva y no individual para acabar con la pandemia”, describe Rubinstein.

Quitar la invitación a un no vacunado o evitar el encuentro social puede ser antipático y hasta generar una ruptura difícil de zanjar en una familia o grupo de amigos. ¿Pedir que los no vacunados se dejen el barbijo puesto es una opción? ¿O armar mesas separadas, para respetar la distancia social?

Fabiana Oporto es diseñadora, tiene 37 años y tres hermanas. Dos están vacunadas; una no, pero tiene otros planes para las Fiestas. “El tema es que uno de mis cuñados no se vacunó y tampoco quiso que lo hicieran sus hijos, de 17, 13 y 9 años. Esta semana se desató la polémica en el grupo. No sé qué pasará. Porque yo entiendo y respeto su postura. Lo que no entiendo es por qué nos tiene que exponer a nosotros a un mayor riesgo si nosotros elegimos otra cosa”, cuenta. Las cosas no están fáciles. La grieta entre vacunados y no vacunados recién comienza a marcarse, pero está convencida de que en poco tiempo acabará separando parte de la familia. “Hace meses que las hermanas decidimos que no se sacara el tema para no pelearnos, pero ahora no sé cómo se solucionará. La libertad de uno termina donde empieza la del otro y yo siento que es injusto exponernos nosotros y también mis padres, que son mayores a un contagio”, dice.

En la vereda de enfrente, Carlos Dema, de 45 años, comerciante, sostiene otra postura. “Es una cuestión de libertades individuales. Yo decidí no vacunarme porque no tengo confianza en la vacuna. ¿Por qué van a prohibirme ir a ciertos lugares o limitarme? En mi familia no se planteó, pero sería un gran problema si alguien me dijera algo, porque nadie puede exigirme algo que la ley no manda. Y que yo sepa, hasta ahora la vacunación no es obligatoria”, afirma.

“A mi festejo no viene”

“Si no está vacunado, a mi casa, a mi festejo, no viene. No lo invito directamente. Suena muy fuerte, pero es así. La opción es presentar un PCR de 72 horas y ahí las chances de contagio bajan, pero no es menos antipático”, sentencia la infectóloga Elena Obieta, miembro de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI).

La recomendación de la Organización Mundial de la Salud, coincide López, es que para los encuentros familiares durante las fiestas se exija un PCR a los asistentes. “Pero no es la única medida de cuidado. También hay que pensar en armar mesas homogéneas en función del perfil de edades y riesgos. A la abuela sentarla con personas mayores que están vacunadas y se cuidan, y a los más jóvenes sentarlos en otro sector”, propone López. “No hay que olvidarse de que el uso del barbijo disminuye el 50% las posibilidades de contagio y mantener las medidas de distancia social y buena ventilación, un 25%. Pero ninguna de estas medidas hace que el riesgo desaparezca. Si uno de los invitados es lo que se llama un superpropagador y está infectado, sin saberlo, el virus flotará en el aire por unas diez horas. Las chances de contagiarse son muy altas”, detalla López.

Incluso si el festejo es en el exterior, pero se detiene el viento, el riesgo aumenta, explican los infectólogos.

“Tenemos que pensar que las variantes dominantes requieren más dosis para la cobertura. Contra Manaos o la cepa andina estábamos cubiertos un 70% con la primera dosis, pero la protección baja al 30% con delta, que requiere sí o sí dos dosis para evitar los cuadros graves. En cambio, la expectativa con ómicron es que para estar cubiertos se requerirán tres dosis. Y hay en el país casi dos millones de personas que no tienen ninguna dosis, y muchos que tienen solo una”, suma López.

Pero no alcanza solo con exigir a las personas con las que se comparten ambientes o actividades que tengan esquema completo contra el Covid. “Esta es una de las patas de la forma de cuidarnos que hemos aprendido en esta pandemia. Otra de las patas es no abandonar el uso del barbijo. También lo son las medidas de distancia social y el testeo frecuente ante la aparición de síntomas. No deberíamos relajar esas medidas si queremos que todo esto se termine”, concluye Obieta.

Evangelina Himitian – La Nación

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